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Creer en el proceso: El verdadero logro detrás de cada desafío

Hace unos días, nuestra institución vivió una jornada muy especial. Tuvimos el honor de ser sede del Certamen Zonal de la 35.ª Olimpíada Matemática Ñandú. La escuela se llenó con las risas, los nervios y el entusiasmo de chicos de distintas instituciones que llegaron listos para poner en juego su lógica, su creatividad y sus ganas de resolver problemas.

Más allá de las hojas con cálculos y desafíos lógicos, lo más lindo de la jornada fue ver el respeto, el compañerismo y las ganas de compartir la experiencia con pares de otras escuelas.

Ese día quisimos que todos los participantes se llevaran a casa un mensaje que va mucho más allá de la matemática. Por eso, junto con la merienda, cada estudiante recibió una pequeña tarjeta que decía:

“Cada problema que resolviste, cada error del que aprendiste y cada vez que volviste a intentarlo te trajeron hasta aquí. Ese es tu verdadero logro.”

Detrás de este pequeño gesto hay una convicción profunda que guía nuestro proyecto educativo: el aprendizaje real no se mide solo por la meta que se alcanza, sino por el camino que se recorre.

La autoestima se construye en el día a día

La autoestima no es un “chip” con el que los chicos nacen ni algo que florece por sí solo. Se construye en el vínculo cotidiano con sus adultos de referencia: sus docentes y sus familias. Cada palabra que les decimos, cada abrazo y cada forma de reaccionar ante un tropiezo les va dando pistas sobre quiénes son, qué pueden lograr y cómo deben interpretar sus propios límites.

La ciencia respalda fuertemente esta idea. Diversas investigaciones sobre el desarrollo infantil —como los conocidos estudios sobre apego y neurociencia de John Cassidy o Jack Shonkoff— demuestran que el afecto, la ternura y la disponibilidad de un adulto atento no solo traen calma emocional en el momento, sino que literalmente moldean la arquitectura del cerebro infantil, asociando el aprendizaje con emociones positivas.

Para que esto funcione, la aceptación debe ser incondicional. Un niño necesita saber que su valor no depende de una nota, de que cumpla a la perfección con nuestras expectativas o de que “se porte bien”. Necesita tener la certeza de que, incluso cuando estamos enojados o marcamos un límite, nuestro amor por él sigue intacto.

¿Elogiamos el talento o el esfuerzo?

La psicóloga de Stanford, Carol Dweck, explica que la forma en que damos devoluciones a los chicos puede fomentar dos caminos muy distintos:

  • Mentalidad fija: Si solo elogiamos el resultado o la etiqueta (“Sos un genio”, “Te salió perfecto”), los niños aprenden a valerse únicamente por el éxito inmediato. El riesgo es que empiecen a evitar los desafíos difíciles por miedo a equivocarse y perder ese “título” de inteligentes.

  • Mentalidad de crecimiento: Si en cambio ponemos el foco en el proceso (“¡Qué buena estrategia usaste!”, “Se nota que te esforzaste”, “Mirá cómo mejoraste desde la última vez”), entienden que sus capacidades se desarrollan con la práctica. El error deja de ser un fracaso vergonzoso para convertirse en lo que realmente es: el trampolín para aprender algo nuevo.

Cuidar las palabras para no etiquetar

Es fundamental revisar cómo corregimos. Expresiones extremas como “Siempre hacés lo mismo” o “Te salió todo mal” dañan profundamente la autovaloración de los chicos. Ellos no distinguen la exageración y asumen esas frases como descripciones de su identidad.

Como señala el educador Alberto Barrutia, la clave está en ofrecer una crítica constructiva: separar la acción de la persona. No es lo mismo decir “Sos un desordenado” (un ataque a su identidad) que “Dejaste los lápices tirados, hay que ordenarlos” (una conducta que se puede cambiar).

Una devolución constructiva es aquella que, además de señalar lo que falta, ofrece guía y transmite confianza: “Esta vez la nota fue baja porque faltó estudiar un poco más. ¿Querés que repasemos juntos para la próxima?”. Ahí hay una expectativa alta, pero también una mano tendida.

Prácticas sencillas para aplicar en casa y en la escuela

Fortalecer la autoestima de los chicos no requiere discursos solemnes, sino prácticas cotidianas como estas:

  • Ofrecer afecto incondicional: Que sepan que su valor no cotiza en bolsa según su rendimiento escolar.

  • Escuchar con presencia: Dar espacio a sus intereses, dudas y emociones sin juzgarlos de inmediato.

  • Reconocer los avances reales: Celebrar el progreso respecto a ellos mismos, no en comparación con los demás.

  • Crear oportunidades de éxito: Proponerles desafíos adaptados a sus posibilidades para que sientan la hermosa sensación de “yo puedo”, especialmente si vienen de frustraciones previas.

  • Corregir en privado: Evitar exponerlos o compararlos públicamente.

  • Fomentar su autonomía: Darles pequeñas responsabilidades y permitirles tomar decisiones acordes a su edad.

En definitiva, la autoestima de nuestros chicos no se nutre de aplausos vacíos, sino de la experiencia constante de saberse valiosos, capaces y queridos. Como adultos, tenemos la hermosa responsabilidad de construir entornos donde equivocarse no dé vergüenza, donde el esfuerzo se valore y donde cada niño crezca con la seguridad de que siempre, siempre, es posible seguir aprendiendo.

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